LA MIRADA EN UN PAISAJE CAMBIANTE

1.- A nuestra mirada le gusta detenerse en el paisaje, diferencia el país del paisaje. Cierto gozo aparece, algo personal en el mirar, hambre de belleza. Nuestra mirada busca y juega en el paisaje de la misma manera que el paisaje vibra en la luz flirteando con nuestra mirada. Si hay paisaje es que hay alguien mirando, tu mirar y el mío son diferentes. Cuando miramos componemos volúmenes, contornos, contrastes, líneas, sombras… Desde lo alto del monte Gorbea, por ejemplo, podemos disfrutar siguiendo las líneas que van hacia el mar, hacia el norte, montes rocosos, montes arbolados y obscuros, montes con sus valles, caminos, casas. Al dar media vuelta miramos hacia el sur, se abre la llanura con numerosos pueblos, la llanada alavesa, la composición es otra, los pantanos de caprichosa forma, la ciudad de Vitoria, carreteras que unen pueblos, los montes de Vitoria al fondo, la sierra de Cantabria, si hay suerte, más al fondo.

A nuestra mirada le gusta recrearse tanto como crear, conocer tanto como reconocer, nombrar. Conocemos el paisaje creándolo a través de la mirada. Así conocemos también objetos, también personas, las creamos al mirarlas. El poeta Angel González lo expresa así: “Yo se que existo porque tu me imaginas, soy alto porque tu me crees alto, y limpio porque tu me miras con buenos ojos, con mirada limpia...” Pero éste es otro cantar.

Así que al principio es la mirada. Somos en ella. Somos creadores de miradas, creadores del mundo, del paisaje, del paisanaje.

El paisaje natural empieza a cambiar cuando mujeres y hombres, hace varios miles de años, no tantos, empiezan a cultivar. El trigo, el arroz, el maíz, el mijo piden luz en la tierra. Pequeños desmontes. Las manos humanas empiezan a cambiar el paisaje recreándolo. Aparecen nuevas líneas al hacer un camino o arqueando un puente que une dos orillas, crean nuevos volúmenes al construir una aldea, cambian el horizonte al levantar una torre o una ermita. Junto a la aldea, que tiene su puente, su torre, su ermita, se extienden los campos de cultivo que trabajan manos ayudadas por herramientas. Los animales también participan. Alguien ve el conjunto desde un punto lejano y en su mirar construye un paisaje nuevo. Y así durante siglos. Tierra, plantas, animales y personas, dependientes entre sí, viajan en círculos anuales, van creando paisaje, cambiándolo, conociéndolo.

Conocimiento y tradición.

Pero el siglo veinte viene con otros aires, otro mirar. Llega con menos, poca, poesía. A una guerra mundial le sigue otra, en medio la igualmente triste guerra española. Las guerras aceleran el pulso, desarrollan tecnologías y saberes. El paisaje agrícola también sufre. Ahora todo se decide en los despachos, los técnicos mandan desde las ciudades. Ellos saben qué hay que hacer. Hay que hacer las cosas bien, piensan, hay que aprovechar los recursos al máximo, el campo debe ser más productivo. Hay que modernizarse, traer maquinaria, mover tierras para hacer “explotaciones”, así las llaman, agrícolas y ganaderas que produzcan beneficios. Lo pequeño no es rentable. En las líneas rectas que delinean en sus mesas molestan setos, caminos de siempre, riachuelos con apenas nombre (con los ríos grandes no pueden). Ni se imaginan entonces que ríos, setos, vegetaciones diversas, charcas, fuentes, árboles, mariquitas, ratones, nutrias, escarabajos, organismos invisibles y un inmenso etcétera forman un todo que ahora llamamos ecosistema, una red de vida, unidos unos a otros en diferentes y diversas direcciones, protegiéndose, alimentándose, en continuo cambio, siempre recreándose. No saben que estas redes de vida son necesarias en la agricultura, como es necesaria la biodiversidad, palabra que en aquel momento no existe. El paisaje es biodiversidad, no un capricho de modernos.

Al fin el agua, que ha sido sacada de su cauce original, fluye rápida en la línea recta sin poder jugar el juego del agua. En la línea recta no hay juegos que valgan. Y sin embargo, a lo largo de los años, en ese mismo cauce en el que la metieron a la fuerza, el agua empieza a amontonar piedras y palos que debe superar, crea pequeñas islas para entretenerse, hace amistad con sauces y espinos. No se resigna, el agua busca la libertad rebelándose ante tanta rectitud. Agua haciendo paisaje lentamente.

2.- Un día un amigo nos trae a la huerta una copia de una fotografía aérea. A primera vista aparecen, a la izquierda, un pueblo y, el resto, numerosas fincas pequeñas, caminos, ríos y bosquecillos. Abajo está escrito “Gopegi Año 1957”. Nos cuesta situarnos… El pueblo de la izquierda es Gopegi y lo demás son los campos que hay entre Gopegi, Akosta, Cestafe y Eribe. Intentamos situar en la fotografía lo que hoy, 60 años después, es la granja Padura Baratza, y no es fácil hacerlo porque los cambios son grandes. Dibujamos el rectángulo que es Padura hoy sobre la foto para situarnos, teniendo en cuenta la distancia a Gopegi y otros diferentes detalles pequeños que permanecen en la actualidad. Lo que hoy es la granja Padura era como una docena de pequeñas fincas, todas tocando un río, el río Padura, quien bajando del norte gira hacia el oeste y se mete así en el rectángulo que hemos dibujado, atravesando la línea este. En un momento el río de la foto decide caprichoso volver hacia el norte, y hacia allá va curvándose. Casi en nuestra línea norte se entretiene uniéndose con el riachuelo que baja de la fuente de Azpiriano. Y ya juntos vuelven decididos a dibujar una curva con dirección sur, saliendo en nuestro dibujo por la esquina suroeste. Ha atravesado el rectángulo por el medio, escoltado por árboles y arbustos. Hoy el río Padura no tiene tiempo ni espacio de pensar en qué dirección ir. Le hicieron un cauce derecho que ocupa las líneas este-oeste y norte-sur.

Luego nos detenemos en la fecha de la fotografía, 1957. Nos llama la atención el que en aquellos años existiera disponible la tecnología necesaria para hacer este tipo de fotos. Casualmente, unos meses después, nos llega un artículo de los que Gustavo Duch manda a sus contactos en la red. Gustavo es coordinador de la revista “Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas”. En el artículo podemos leer: “Entre marzo de 1956 y septiembre de 1957 seis aviones BEECHCRAFT RC-45 sobrevolaron todo el territorio del estado español. Iban equipados con cámaras fotográficas FAIRCH FAIRCHILD T-11 de gran formato y lentes METROGON de 6 pulgadas y unos negativos de 70 mm. Un equipo de gran calidad para la fotografía aérea. Los aviones, que salían de Getafe, León o Barcelona, eran parte del llamado Proyecto Español, llevado a cabo por el servicio cartográfico del ejército de los EEUU con finalidades militares que, como ya habían hecho en Italia, formaba parte de su estrategia contra el comunismo. Estos 60.000 fotogramas tomados a unos 5000 metros de altitud han sido poco conocidos hasta el 2011 cuando fueron digitalizados y son la base ortográfica de muchos análisis”.

Obedeciendo a la curiosidad buscamos más información. Estas fotografías tienen un claro interés estratégico-militar, uno de los resultados del acuerdo desigual firmado en 1953 entre un delicado y aislado gobierno franquista y un fortalecido y poderoso ejército estadounidense. Se firman las bases estadounidenses en territorio español, Rota, Torrejón, Morón de la Frontera y Zaragoza. El ejército estadounidense puede sobrevolar y aterrizar en ellas a su antojo, etc. España recibe a cambio ayuda militar.

Los cambios paisajísticos entre la foto de 1957 y la foto actual tienen su epicentro en la concentración parcelaria, perpetrada hacia 1980 en esta zona, “una actividad situada en el ámbito de la ingeniería civil agronómica, consistente en agrupar las parcelas de un propietario en el menor numero posible de ellas” (wikipedia). El enfoque es económico. Busca mejorar la organización de la propiedad de las fincas, “mejorar la rentabilidad de las explotaciones” (¡ ya estamos!), “ la mejora general de las infraestructuras”. En el mismo paquete va la necesidad de mayor maquinaria como tractores, cosechadoras, etc., menor número de agricultores y consiguiente despoblación rural, los monocultivos, el uso de semillas específicas con sus abonos sintéticos, herbicidas, insecticidas, pesticidas… lo que hoy llaman fitosanitarios, y “un desmonte general de las lindes, una parcelación diseñada con criterios análogos a los de un polígono industrial...”

“Difícilmente cabe producir paisaje con líneas que fluyen rectas desde los despachos”, dice Pascual Riesco en su escrito “Los paisajes borrados del agua”. Es profesor en la Universidad de Sevilla. Me detengo en él como podría hacerlo con otros muchos profesionales que han escrito sobre las consecuencias de la concentración parcelaria y la posterior “nueva” agricultura. Riesco detalla aspectos relativos a la pérdida de los paisajes acuáticos en las pequeñas hidrografías, se pregunta por la desaparición de la abundante biodiversidad que hace no muchos años poblaba cada rincón de las diferentes comarcas, las vaguadas, los pequeños valles, las charcas, las inflexiones del terreno…

“La poligonal parcelaria y la tabla rasa de la planificación se han llevado por delante huertas, meandros, lagunas, saucedas, fuentes, pozos, prados y quitameriendas”, dice. Insiste en las transformaciones causadas por la poligonización, los movimientos de tierra, el expolio vegetal, las consecuencias del uso de subproductos contaminantes, la pérdida de la calidad del agua, la prioridad de la rentabilidad sobre la salud pública, prioridad alentada por la Administración.

“Otras consideraciones, como patrimonio, paisaje, historia, memoria, lengua, dignidad, medio ambiente y salud, han sido bárbaramente soslayados, como si de impertinentes juegos de minorías ociosas se tratara”.

3.- Estas líneas rectas excluyentes que empobrecen el paisaje, en las que la mirada apenas se detiene, se establecen como norma a lo largo del siglo XX, siguiendo un patrón de organización económica y social. “De hecho la línea recta ha pasado a ser un símbolo virtual de la modernidad, un indicador del triunfo de lo racional, diseño resoluto por encima de las vicisitudes del mundo natural. La implacable dialéctica dualista del pensamiento moderno ha asociado en ocasiones la rectitud con la mente en oposición a la materia, con el pensamiento racional en oposición a la percepción sensorial, con el intelecto en oposición a la intuición, con la ciencia en oposición al conocimiento tradicional, con el hombre en oposición a la mujer, con la civilización en oposición a lo primitivo y a más grandes rasgos, con la cultura en oposición a la naturaleza” (Tim Ingold, “Lineas: una breve historia”).

La linea recta, cuando se habla de sistemas productivos, tiene su versión “linea recta en movimiento”, un tren que va como una flecha a ningún sitio, consumiendo y consumido, produciendo todo tipo de productos y consumidores, dejando tras de sí montones de restos intratables, en la tierra, en el agua, en el aire. Cuando le preguntan al escritor Muñoz Molina qué se encontrarán los arqueólogos futuros, dice: “Basura, nuestro legado será una montaña de basura...” Montañas de basura en todas partes, islas reales inmensas de basura en los océanos… O también, “en el planeta hay más de 2000 millones de hectáreas deforestadas y degradadas” (El País, 18-03-2018). O también “un estudio de la ONU de 2017 alertaba que los plaguicidas provocan 200.000 muertes anuales por intoxicación. La OMS también catalogó los problemas de salud reproductiva, los tumores, efectos hormonales y enfermedades de todo tipo causadas por esos agentes tóxicos” (Público, 14-03-2018). O también...un largo etc.

La agroecología, en oposición a la agroindustria, aparece también en el siglo XX, aunque su base está en los saberes tradicionales, tanto como en los nuevos conocimientos tecnológicos y científicos. Los microorganismos que pueblan y dan vida a los suelos son uno de los muchos ejemplos: su asociación a las raíces de las plantas, su hacer en la transformación de la materia orgánica, su labor en la fijación de nitrógeno en el suelo, etc. Esta vida necesaria en los ciclos vitales (¡Ciclos!) no interesa en el agronegocio, no es tan rentable. “El orden agrotecnológico no está acoplado con el orden ecosistémico, porque la vida se organiza autónomamente en un proceso cíclico, pero los sistemas agroindustriales son lineales en sus procesos de intervención” (Omar Felipe Giraldo, “Agroecología y complejidad. Acoplamiento de la técnica a la organización ecosistémica”). La agroecología, como cultura, interviene en esos procesos cíclicos acomodándose a ellos, sin interrumpirlos. El suelo vivo, las plantas, los animales y las personas colaboran reproduciendo entramados vitales de carácter cíclico.

Frente a los monocultivos la agroecología vive de la diversidad. Charcas, setos, árboles, cultivos asociados y múltiples, compost, animales, flores, plantas aromáticas, refugios, naturales o no, para la microfauna, etc. O, lo que es lo mismo, ¡creación de paisaje!. Al visitar una granja de este tipo, antigua o moderna, la mirada disfruta, se recrea, juega… aunque sea sólo una isla.


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